¡Soy un hongo!

Nací en un bosque que siempre consideré bien mágico. Desde que era una esporita al pie de grandes árboles que me rodeaban. Yo nomas los observaba, siempre esperando a que las condiciones me permitieran crecer para acercarme a ellos. Así pasé mucho tiempo, meditaba la mayoría del tiempo e imaginaba que estaba arriba de alguna hoja que el viento llevaba por cada uno de los árboles que parecían secos en ese tiempo.
Pasaban las semanas y yo no podía esperar a crecer para recorrer el increíble paisaje en el que me encontraba. Un día de repente sentí algo encima de mí, era extraño. No era viento ni tierra. Era algo más. Agua. Todo a mi alrededor empezó a cambiar, la tierra y los árboles se veían más oscuros y se veían más alegres, más alivianados. Yo me sentía como nunca, el agua era la onda, y entonces, supe que había llegado el momento. Iba a germinar.
¡Y así sucedió! Mis hifas empezaron a crecer, uno de los grandes árboles cerca de mí me ayudó bastante con sus raíces. Nos hacíamos el paro con algunos nutrientes de vez en cuando. La noche llegó muy pronto y por alguna razón logré crecer más rápido. Me gusta la oscuridad, así los colores brillan más.
Cuando me salió mi sombrero estaba listo para moverme por primera vez, era increíble y muy extraño. Había estado distraído y de repente cuando vi a mi alrededor, todo estaba diferente. La tierra de siempre había desaparecido, estaba cubierta por muchas plantas y flores. Todo era verde, hasta los árboles.
No sabía qué hacer, estaba asustado. Hasta que escuché algunas voces cerca, miré hacia atrás de mí ¡y había más como yo! Me dijeron que no tuviera miedo, aunque algunos se veían más asustados que yo. Todos queríamos salir corriendo de un lado a otro, pero ninguno avanzaba. Hasta que uno de ellos se puso raro. Todos meditábamos tranquilamente, pero él de repente reía como loco. Se levantó y empezó a caminar, preguntando si nosotros también veíamos “eso”, mientras sonreía y se alejaba. Yo quería seguirlo, y entonces noté algo. Las escamas de su espalda ya no eran blancas. Ahora eran rojas y parecía brillar. ¡Eso le había quitado el miedo! Todavía estábamos creciendo.
Continuamos meditando cada vez más impacientes por que nuestras escamas cambiaran de color. Cada segundo, más de mis carnales lo conseguían y se iban, algunos los obtenían rojos, verdes o amarillos, incluso uno los consiguió blancos pero más brillantes al resto.
Yo sentía que iba a explotar si seguía esperando. Pero sabía que tenía que llevármela tranquilo y relajarme. Me di cuenta que llevaba tanto tiempo pensando en eso que no había puesto atención a todo lo que ahora había a mi alrededor. Además de árboles ahora había grandes flores también, y ellas atraían a algunos insectos que nunca había visto. No me había dado cuenta que cuando pensaba en esto perseguía a uno. Voltee hacía atrás y vi a mis amigos a lo lejos sonriendo, vi mi espalda y ¡mis escamas ahora eran azules! Regresé la mirada al frente y todo había cambiado de nuevo, se veía más brillante, más interesante que antes. Quería acercarme y tocar todo lo que me rodeaba. No sabía por dónde empezar. Y entonces una luz verde pasó rápidamente a mi lado, luego otra y otra más. Corrí tras ellas, tratando de alcanzarlas durante un buen rato, sentía que iba muy rápido, pero veía todo a mi alrededor muy detallado, como si fuera muy lento. Eso me hacía sonreír más. Me detuve. Había llegado a un gran río y no podía avanzar más, pero no quería ir a otro lugar. Ahí era perfecto. Las luces me rodeaban, desaparecían y me miraban desde otro sitio. Una se acercó mucho y le pregunté su nombre. “Somos luciérnagas”, me contestó, apagó su luz y apareció en otro lugar. Me la pasaba bien chido con ellas, jugaba cada noche y en el día meditaba al lado del río. Ahora era más divertido, porque todo brillaba siempre y cuando cerraba los ojos sentía que volaba.
Pasó el tiempo y las luciérnagas se despidieron de mí, me dijeron que era su descanso anual. Yo debía hacer algo parecido, pero no quería. Había esperado mucho para llegar a esta forma y no quería ser una espora otra vez. El bosque volvería a secarse por un tiempo. Así que decidí buscar un lugar donde nunca dejara de llover, donde siempre hubiera viento y hojas para perseguir, donde pudiera seguir los colores y tocar las cosas brillantes a mi alrededor. Decidí ir a la selva. Caminé durante muchos días. Hice muchos amigos en el camino.
Cuando por fin llegué fue como haber crecido otra vez. Todo era diferente, las plantas eran gigantescas, mucho más que los árboles del bosque. También eran muy buena onda. No cabía una sonrisa más grande en mi cara después de eso. Creo que desde ese día no he dejado de sonreír. He pasado aquí ya mucho tiempo y siempre descubro cosas nuevas, en poco tiempo regresaré algunos días al bosque a visitar a mis amigas las luciérnagas, ya es tiempo de que despierten. ¡Tengo muchas cosas por contarles!
Ahora mismo estaba a punto de meditar, pero he escuchado que alguien llora. Iré a investigar, aquí siempre pasan cosas interesantes.
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