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Mostrando las entradas de 2016

¿Y si jugamos ahora?

Todo era más sencillo cuando sólo éramos niños. Por eso era necesario ponerle algo de drama a la vida. Imaginar grandes batallas en el parque, peleas a “muerte” en el patio de la escuela, misiones ultra secretas en los pasillos de casa. Algunas veces estas aventuras podían ser realmente complicadas, y cuando ya no tenías idea de qué hacer, terminabas el juego y no pasaba nada. Era sencillo. El problema comienza cuando creces y las batallas ya no son tan fáciles. Esto por culpa de algo que crece en tu mente junto a ti. La lógica. Y es que, cuando creces, la lógica ya no te permite saltar varios metros sobre el aire, volar de un árbol a otro o revivir a tu compañero caído. Comprendes que las cosas realmente no son tan sencillas y aunque quieras ignorarla, siempre está en tu cabeza diciéndote que el rumbo por el que llevas tu juego no es el correcto, no en el mundo real. Nuestro pensamiento lógico crece más y más hasta que nos volvemos mágicos. Sí, lo leíste bien. Mágicos. Me refiero ...

¡Soy un hongo!

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Nací en un bosque que siempre consideré bien mágico. Desde que era una esporita al pie de grandes árboles que me rodeaban. Yo nomas los observaba, siempre esperando a que las condiciones me permitieran crecer para acercarme a ellos. Así pasé mucho tiempo, meditaba la mayoría del tiempo e imaginaba que estaba arriba de alguna hoja que el viento llevaba por cada uno de los árboles que parecían secos en ese tiempo. Pasaban las semanas y yo no podía esperar a crecer para recorrer el increíble paisaje en el que me encontraba. Un día de repente sentí algo encima de mí, era extraño. No era viento ni tierra. Era algo más. Agua. Todo a mi alrededor empezó a cambiar, la tierra y los árboles se veían más oscuros y se veían más alegres, más alivianados. Yo me sentía como nunca, el agua era la onda, y entonces, supe que había llegado el momento. Iba a germinar. ¡Y así sucedió! Mis hifas empezaron a crecer, uno de los grandes árboles cerca de mí me ayudó bastante con sus raíces. Nos hacíamos el...

Digimon.

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Cuando tenía 6 años lo mejor de mi día era regresar de la escuela y ver Digimon Adventure en la tv. Al día siguiente hablar de ello con mis amigos, cambiar estampas repetidas de nuestros álbumes y hablar un poco más. Los fines de semana con suerte, salía a algún parque con mis papás y mi único hermano en ese entonces. Solían comprarme pequeñas figuras de Digimon y yo era bastante feliz. Me parece que es la única “caricatura” (ya sé que es anime), que recuerdo con tanto aprecio. Al punto de que cuando veo una digievolución por más veces que lo haya hecho, siento un pequeño nudo en mi garganta y mi mente se llena de recuerdos y sentimientos agradables apenas al escuchar el primer acorde de la canción que la acompaña. No me canso de verlas ni de seguir las aventuras de aquellos niños tan afortunados, aprendiendo cosas sobre ellos mismos y sus nuevos amigos, escapando de peligros y peleando junto a ellos por el bien del mundo. ¿A qué niño no le gustaría hacer algo así? Y es que...

El Autobús.

Una cruz en un camellón, una bicicleta blanca en la esquina de una avenida, niños lavando carros y personas de la tercera edad regalando volantes en los semáforos, una mujer drogada, loca, abandonada o quizás las tres cosas tirada en una esquina; todo bajo el intenso calor del sol de  mayo. Observaba todo esto mientras viajaba en un autobús casi vacío, mirando por la ventana a las personas. Era triste ver la ciudad en ese estado y era aún peor ver a esas personas, pero me gustaba vivir ahí. El movimiento del camión me arrulló, haciéndome dormir con esos pensamientos en mi mente. El autobús dio un salto que hizo que me estrellara contra la ventana y despertara, cuando lo hice del todo registre con la mirada el autobús que ya iba casi lleno, pero con ninguna persona de pie. En ese momento vi que un señor de unos cincuenta y tantos años, creo yo, subía. Traía puesta una chamarra y un pantalón, ambos de mezclilla. El hecho de traer una chamarra puesta a las cuatro de la tarde en una...

El tiempo en notas.

Esa melodía sonó de nuevo, como cada noche. Habían pasado años desde que ella se había ido. Aun así, él la escuchaba. Esa dulce y triste canción que Victoria había compuesto y amaba tocar cada día. Canción de años, cargada de recuerdos. Incluso el día de su funeral había sido tocada, no por ella claro está. Una joven muchacha, hermosa por cierto, interpretaba la canción perfecta, pero incluso así no superaba a Victoria. Desde ese día cada noche Diego la volvía a escuchar. A la mitad de la noche, sin una hora exacta, Diego simplemente despertaba. Escuchaba la música venir del piano de la planta baja de aquella casa, ese piano que por años hizo magia junto a Victoria. Ese piano regalo de la abuela de ella que por primera vez dio vida a su canción, y en el que por primera vez él y el público la escucharon. El día de su boda. Diego no abría los ojos, sólo despertaba y escuchaba, si los abría la música se detenía. Ella lo visitaba. Esa noche era diferente. Era especial. El viento sop...

Sonrisas en el bus.

Día normal, un poco cansado. Primer día de la semana. Más cansancio. Mental. Se acaba el día, debería aprovechar cada momento, hay muchas cosas por hacer. Pero antes, debo perder el tiempo, yo no decido cuánto. Espero el autobús.  Por fin pasa. No muy lleno pero voy de pie. Aburrido, sin lugar para sentarme a escuchar música o leer. Un payaso sube, lo que faltaba. Peor aún, estoy casi frente a él. Me preparo para el típico “Es muy feo que te ignoren, ¿verdad?”. Es más horribl e no traer mis audífonos. Le asiento con la cabeza tratando de sonreír a medias, es tarde y mis sonrisas sin ganas se han agotado. Y entonces empieza, chistes de todos los payasos, todos los autobuses y todos los días. No soy el único que no se ríe, eso es triste. Para empeorar la situación, el tipo es lento. Me siento tenso, quiero que baje para dejar de fingir que pongo atención o que estoy ocupado pensando en algo. Pero entonces logro ver a una chica por el reflejo de uno de los vidrios. Ella está de pie...

Cambios.

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Recuerdo a los 7 años viajar con mis papás a Guerrero, a casa de mi abuelita (mamá de mi papá). Su familia es muy humilde, recuerdo dormir en una cama al lado de un alambrado, casi afuera de la casa. Y algunas veces en una hamaca, o en el suelo. Pero era genial. Por las mañanas escuchaba cantar a los gallos, y llegaba a mí el olor de la leña quemándose. Me agradaba. Había muchos cocos, pues cerca había palmeras, varios de mis tíos se dedicaban a ayudar a cultivar frutas y demás. De las que logro recordar están los mangos. Lo mejor de todo, y que ansío volver a vivir, es nadar en el río. Se encontraba no tan cerca de la casa, pero se podía llegar caminando. Era hermoso sin exagerar. El agua era transparente, cristalina, y podías ver pequeños peces nadar junto a ti. No he vuelto a tener una sensación tan perfecta como aquella. Un año después, adiós amigos, adiós primaria. Hola nueva casa. Ya no llegaría a la escuela por la mañana en la parte trasera de la bicicleta de mi papá nunca má...