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5 años después

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Hace algunos días regresé a este blog para buscar un texto que me ayudara para hacer un casting porque, bueno, muchas cosas han pasado. Las últimas entradas fueron cuentos que ya tenía escritos antes de que se publicarán en el blog, o sea que realmente no había escrito nada desde la entrada ¡Soy un hongo! en la que justo contaba que estaba en un grupo de teatro independiente por allá de 2016 mientras estudiaba biología. Y bueno, varios años y una pandemia después (o algo así, porque parece que sigue) resultó en que me salí de la carrera a no mucho de terminarla, me fui a vivir con mi novio y me decidí a estudiar actuación. Actualmente tengo un trabajo comun de lunes a viernes y los sábados voy a la escuela todo el día, y justo esta semana he empezado a actuar frente a cámara en pequeños proyectos, y como dato curioso, muchos de los actores profesionales y en formación que he conocido tienen una segunda carrera, y bueno, eso no hace que me arrepienta de haber dejado la carrera de biolo...

En la regadera.

Ángela tomó su cepillo dental y comenzó a cepillar sus dientes mientras el agua caliente de la regadera caía sobre su cuerpo. Era una costumbre que tenía desde que estaba en bachillerato, pues así ahorraba tiempo para evitar llegar tarde a clases. Enjuagó el cepillo y lo dejó en su lugar, después hizo gárgaras con el agua de la regadera y se giró para tomar el jabón. Al tomarlo notó que tenía espuma. ¿Ya lo había utilizado? Lo vio durante algunos segundos tratando de recordar. Lo dejó a un lado y tocó su cabello para averiguar si aún se sentía extraño como siempre que usaba sus productos para el cabello o estaba suave como cuando lo acababa de lavar. Lo sintió suave. ¿En qué momento había utilizado el jabón y el champú? No lo recordaba. Parecían preguntas sin importancia, pero ella siempre lavaba sus dientes antes que otra cosa, para además de ahorrar tiempo, aprovechar para relajarse mientras su cuerpo entero se mojaba con el agua caliente y el cuarto de baño se llenaba de vapor. E...

¿Y si jugamos ahora?

Todo era más sencillo cuando sólo éramos niños. Por eso era necesario ponerle algo de drama a la vida. Imaginar grandes batallas en el parque, peleas a “muerte” en el patio de la escuela, misiones ultra secretas en los pasillos de casa. Algunas veces estas aventuras podían ser realmente complicadas, y cuando ya no tenías idea de qué hacer, terminabas el juego y no pasaba nada. Era sencillo. El problema comienza cuando creces y las batallas ya no son tan fáciles. Esto por culpa de algo que crece en tu mente junto a ti. La lógica. Y es que, cuando creces, la lógica ya no te permite saltar varios metros sobre el aire, volar de un árbol a otro o revivir a tu compañero caído. Comprendes que las cosas realmente no son tan sencillas y aunque quieras ignorarla, siempre está en tu cabeza diciéndote que el rumbo por el que llevas tu juego no es el correcto, no en el mundo real. Nuestro pensamiento lógico crece más y más hasta que nos volvemos mágicos. Sí, lo leíste bien. Mágicos. Me refiero ...

¡Soy un hongo!

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Nací en un bosque que siempre consideré bien mágico. Desde que era una esporita al pie de grandes árboles que me rodeaban. Yo nomas los observaba, siempre esperando a que las condiciones me permitieran crecer para acercarme a ellos. Así pasé mucho tiempo, meditaba la mayoría del tiempo e imaginaba que estaba arriba de alguna hoja que el viento llevaba por cada uno de los árboles que parecían secos en ese tiempo. Pasaban las semanas y yo no podía esperar a crecer para recorrer el increíble paisaje en el que me encontraba. Un día de repente sentí algo encima de mí, era extraño. No era viento ni tierra. Era algo más. Agua. Todo a mi alrededor empezó a cambiar, la tierra y los árboles se veían más oscuros y se veían más alegres, más alivianados. Yo me sentía como nunca, el agua era la onda, y entonces, supe que había llegado el momento. Iba a germinar. ¡Y así sucedió! Mis hifas empezaron a crecer, uno de los grandes árboles cerca de mí me ayudó bastante con sus raíces. Nos hacíamos el...

Digimon.

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Cuando tenía 6 años lo mejor de mi día era regresar de la escuela y ver Digimon Adventure en la tv. Al día siguiente hablar de ello con mis amigos, cambiar estampas repetidas de nuestros álbumes y hablar un poco más. Los fines de semana con suerte, salía a algún parque con mis papás y mi único hermano en ese entonces. Solían comprarme pequeñas figuras de Digimon y yo era bastante feliz. Me parece que es la única “caricatura” (ya sé que es anime), que recuerdo con tanto aprecio. Al punto de que cuando veo una digievolución por más veces que lo haya hecho, siento un pequeño nudo en mi garganta y mi mente se llena de recuerdos y sentimientos agradables apenas al escuchar el primer acorde de la canción que la acompaña. No me canso de verlas ni de seguir las aventuras de aquellos niños tan afortunados, aprendiendo cosas sobre ellos mismos y sus nuevos amigos, escapando de peligros y peleando junto a ellos por el bien del mundo. ¿A qué niño no le gustaría hacer algo así? Y es que...

El Autobús.

Una cruz en un camellón, una bicicleta blanca en la esquina de una avenida, niños lavando carros y personas de la tercera edad regalando volantes en los semáforos, una mujer drogada, loca, abandonada o quizás las tres cosas tirada en una esquina; todo bajo el intenso calor del sol de  mayo. Observaba todo esto mientras viajaba en un autobús casi vacío, mirando por la ventana a las personas. Era triste ver la ciudad en ese estado y era aún peor ver a esas personas, pero me gustaba vivir ahí. El movimiento del camión me arrulló, haciéndome dormir con esos pensamientos en mi mente. El autobús dio un salto que hizo que me estrellara contra la ventana y despertara, cuando lo hice del todo registre con la mirada el autobús que ya iba casi lleno, pero con ninguna persona de pie. En ese momento vi que un señor de unos cincuenta y tantos años, creo yo, subía. Traía puesta una chamarra y un pantalón, ambos de mezclilla. El hecho de traer una chamarra puesta a las cuatro de la tarde en una...

El tiempo en notas.

Esa melodía sonó de nuevo, como cada noche. Habían pasado años desde que ella se había ido. Aun así, él la escuchaba. Esa dulce y triste canción que Victoria había compuesto y amaba tocar cada día. Canción de años, cargada de recuerdos. Incluso el día de su funeral había sido tocada, no por ella claro está. Una joven muchacha, hermosa por cierto, interpretaba la canción perfecta, pero incluso así no superaba a Victoria. Desde ese día cada noche Diego la volvía a escuchar. A la mitad de la noche, sin una hora exacta, Diego simplemente despertaba. Escuchaba la música venir del piano de la planta baja de aquella casa, ese piano que por años hizo magia junto a Victoria. Ese piano regalo de la abuela de ella que por primera vez dio vida a su canción, y en el que por primera vez él y el público la escucharon. El día de su boda. Diego no abría los ojos, sólo despertaba y escuchaba, si los abría la música se detenía. Ella lo visitaba. Esa noche era diferente. Era especial. El viento sop...