¿Y si jugamos ahora?
Todo era más sencillo cuando
sólo éramos niños. Por eso era necesario ponerle algo de drama a la vida.
Imaginar grandes batallas en el parque, peleas a “muerte” en el patio de la
escuela, misiones ultra secretas en los pasillos de casa. Algunas veces estas
aventuras podían ser realmente complicadas, y cuando ya no tenías idea de qué
hacer, terminabas el juego y no pasaba nada. Era sencillo. El problema comienza
cuando creces y las batallas ya no son tan fáciles. Esto por culpa de algo que
crece en tu mente junto a ti. La lógica. Y es que, cuando creces, la lógica ya
no te permite saltar varios metros sobre el aire, volar de un árbol a otro o
revivir a tu compañero caído. Comprendes que las cosas realmente no son tan
sencillas y aunque quieras ignorarla, siempre está en tu cabeza diciéndote que
el rumbo por el que llevas tu juego no es el correcto, no en el mundo real.
Nuestro pensamiento lógico crece más y más hasta que nos volvemos mágicos. Sí,
lo leíste bien. Mágicos. Me refiero a ese punto en el que, siendo ahora un
adulto, no sólo piensas en las cosas, ahora las haces y ya no necesitas más al
drama imaginario, materializas y ves “en vivo” tus juegos. Pero claro, siempre
siguiendo las leyes de la lógica, y no es tan fácil. Lleva más tiempo. Esto lo
hace más aburrido, pero no hay otra opción. Ahora sabes que si tu compañero
muere, no se levantará más, ni aunque los dos estén de acuerdo en que continúe.
Que si ganas la batalla a tu enemigo, este no podrá levantarse porque tenía una
poción para revivir, o porque tenía dos o más vidas. Tampoco porque eres un
buen oponente y decides que realmente no murió y le das la revancha. Estas
opciones no existen más al ser adulto. Ahora debes usar tu magia y el mundo
real para terminar correctamente el juego. Esto lo entiendo muy bien, pero es
difícil. Quisiera sólo terminarlo e irme a dormir. Pero no puedo, y es que ¿en
dónde carajos escondo un cuerpo?
Efrén Cabañas.
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