En la regadera.


Ángela tomó su cepillo dental y comenzó a cepillar sus dientes mientras el agua caliente de la regadera caía sobre su cuerpo. Era una costumbre que tenía desde que estaba en bachillerato, pues así ahorraba tiempo para evitar llegar tarde a clases. Enjuagó el cepillo y lo dejó en su lugar, después hizo gárgaras con el agua de la regadera y se giró para tomar el jabón. Al tomarlo notó que tenía espuma. ¿Ya lo había utilizado? Lo vio durante algunos segundos tratando de recordar. Lo dejó a un lado y tocó su cabello para averiguar si aún se sentía extraño como siempre que usaba sus productos para el cabello o estaba suave como cuando lo acababa de lavar. Lo sintió suave. ¿En qué momento había utilizado el jabón y el champú? No lo recordaba. Parecían preguntas sin importancia, pero ella siempre lavaba sus dientes antes que otra cosa, para además de ahorrar tiempo, aprovechar para relajarse mientras su cuerpo entero se mojaba con el agua caliente y el cuarto de baño se llenaba de vapor. Era extraño. ¿Por qué no lo recordaba?
Lo pensó por varios minutos, intentaba recordarlo sin éxito. Dejó el cepillo de dientes en su lugar. ¿Otra vez? Pensó repentinamente, mientras masajeaba su cabeza llena de espuma con los ojos cerrados. Sintió una sensación de pánico y rápidamente abrió las llaves del agua para quitar la espuma y abrir los ojos. ¿Cuándo había detenido el agua? Apenas esta salió por la regadera, Ángela metió la cabeza a los chorros sin importarle la temperatura a la que estuvieran. Rascaba fuertemente su cabeza para quitar la espuma más rápido y poder abrir los ojos. Al cabo de unos segundos lo consiguió y vio como tranquilamente pasaba el jabón por sus piernas.
Dejó caer el jabón al piso y vio su reflejo en el agua. Horrorizada se recordó llegando por la noche exhausta de trabajar. Había recorrido la ciudad de un extremo a otro recaudando firmas para un proyecto en el que trabajaba. Todo el día tratando con gente imbécil que no hacía más que complicarle la existencia. Recordaba llegar a su departamento, abrir la puerta y apenas cerrarla de nuevo, comenzar a quitarse la ropa, entrar en la ducha, abrir las llaves del agua y regular la temperatura hasta lo más caliente que la aguantaba sin lastimarse, colocarse entonces bajo la regadera y dejar que las decenas de chorros de agua casi hirviendo le masajearan la espalda. Sonrío y deseo nunca salir de ahí. Hace cincuenta años.


 Efrén Cabañas.

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