El tiempo en notas.
Esa
melodía sonó de nuevo, como cada noche. Habían pasado años desde que ella se
había ido. Aun así, él la escuchaba. Esa dulce y triste canción que Victoria
había compuesto y amaba tocar cada día. Canción de años, cargada de recuerdos.
Incluso el día de su funeral había sido tocada, no por ella claro está. Una
joven muchacha, hermosa por cierto, interpretaba la canción perfecta, pero
incluso así no superaba a Victoria.
Desde
ese día cada noche Diego la volvía a escuchar. A la mitad de la noche, sin una
hora exacta, Diego simplemente despertaba. Escuchaba la música venir del piano
de la planta baja de aquella casa, ese piano que por años hizo magia junto a
Victoria. Ese piano regalo de la abuela de ella que por primera vez dio vida a
su canción, y en el que por primera vez él y el público la escucharon. El día
de su boda.
Diego
no abría los ojos, sólo despertaba y escuchaba, si los abría la música se
detenía. Ella lo visitaba.
Esa
noche era diferente. Era especial. El viento soplaba fuertemente y Diego, sobre
su cama con los ojos cerrados, sabía que no era una noche normal. Las
sensaciones de sus sentidos estaban agudizados eran como las del día de su boda.
Sentía ese nerviosismo de verla en su vestido de novia, a punto de prometerse
estar juntos siempre. Así había sido, así era aún, pues ella seguía con él.
Diego la sentía, podía sentir su mirada sobre él, no aguanto más y abrió los
ojos. Su habitación vacía.
Esta
vez la música no había cesado. Sorprendido salió corriendo de su habitación
siguiendo la música, bajó las escaleras y atravesó un largo corredor. En las
habitaciones que había en aquel pasillo vio su primer cita con Victoria, su
primer beso, su primera noche juntos, el día en que se comprometieron y miles
de momentos más con ella, todos perfectos. Al fondo del pasillo vio el piano, y
al amor de su vida tocándolo. Cada vez estaba más cerca. Repentinamente algo lo
jaló hacía atrás haciendo que cayera de espaldas por un precipicio. Y entonces
despertó en su cama. Igual que cada mañana. Esa noche había sido especial. Igual
que todas, igual que cada noche desde que conoció a Victoria. Igual que cada
madrugada desde que ella no estaba. Igual que el día que la vio por primera
vez, exactamente hace sesenta años.
Efrén Cabañas Luna.
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