Cambios.
Recuerdo a los 7 años viajar con mis papás a Guerrero, a
casa de mi abuelita (mamá de mi papá). Su familia es muy humilde, recuerdo
dormir en una cama al lado de un alambrado, casi afuera de la casa. Y algunas
veces en una hamaca, o en el suelo. Pero era genial. Por las mañanas escuchaba
cantar a los gallos, y llegaba a mí el olor de la leña quemándose. Me agradaba.
Había muchos cocos, pues cerca había palmeras, varios de mis tíos se dedicaban
a ayudar a cultivar frutas y demás. De las que logro recordar están los mangos.
Lo mejor de todo, y que ansío volver a vivir, es nadar en el río. Se encontraba
no tan cerca de la casa, pero se podía llegar caminando. Era hermoso sin
exagerar. El agua era transparente, cristalina, y podías ver pequeños peces
nadar junto a ti. No he vuelto a tener una sensación tan perfecta como aquella.
Un año después, adiós amigos, adiós primaria. Hola nueva
casa. Ya no llegaría a la escuela por la mañana en la parte trasera de la
bicicleta de mi papá nunca más. Era triste, y era un poco difícil. Sólo tenía 8
años.
Pero, ¡hey! Ahora tendríamos nuestra propia casa, y
dentro de poco tendría mi propia habitación (compartida con mi hermano, pero ya
no con mis papás y mis hermanas). Ya tenía amigos en mi nueva casa. Ellos eran
muy diferentes a lo que conocía, más “salvajes” me atrevo a decir. Y era
divertido, porque además la falta de autos todo el tiempo me permitía estar en
la calle. Y lo mejor eran los árboles. Uno al lado de la casa. También muy
cerca estaban las vías del tren y alrededor de ellas muchos más árboles. No
había muchas casas y las que había, en su mayoría, no estaban terminadas. La
mayor parte del lugar estaba llena de árboles y plantas. Había un par de
estanques con agua sucia, pero podía ver que ¡ahí vivían algunas tortugas!
La primavera era increíble, el pasto junto a demás
hierbas crecían muy alto, llegaban incluso a cubrirme. Al inició me daba miedo
adentrarme, pues escuchaba los sonidos de algunos insectos y me sonaban iguales
a los que había visto en la televisión que hacían las serpientes. Pero después
veía las mariposas, los saltamontes, gusanos, arañas y eran perfectos. No me
parecían peligrosos.
En las casas sin terminar algunas veces había nidos, y podías
ver a las pequeñas crías, esperando a que su mamá llegara con alimento. En
tiempo de lluvias las calles llegaban casi a inundarse, pero nunca nada grave.
A excepción de algunos charcos demasiado grandes que impedían el paso a algunas
calles y no había más que mojarse los pies. Pero después en esos mismos charcos
había unas pequeñas cosas babosas que parecían ojos o semillas con algún tipo
de pulpa. Huevos. Y pasado un poco más de tiempo desaparecían, y en su lugar
había unos pequeños pescados ¡era increíble!, aunque realmente no fueran
pescados, sino renacuajos. Eran muchos, en muchos sitios. Pasado más tiempo,
recuerdo caminar a la primaria y ver como muchas partes del suelo se movían, y
poniendo más atención notaba que eran ranas, del color de la tierra. Pero eran
bastantes, y todas parecían acompañarme, pues saltaban en la misma dirección a
la que me dirigía, hasta que las pasaba y no podía esperarlas, pues se me hacía
tarde. Por las noches podía escucharlas cantar.
Después de todo, el cambio había sido bueno y me
permitió conocer una pequeña parte del mundo real, no del que se construye día
a día por el hombre. Así fue hasta que con los años más gente iba llegando al
lugar, más casas, menos árboles, más tierra. Simple tierra.
Regresé a vivir a casa de mis abuelos varios años
después, he regresado algunas veces pero no sirve de nada sólo ir y recordar.
Pues ya no es el mismo lugar. El lugar perfecto ya sólo existe en mis borrosos
recuerdos y ahora en estás letras.
Efrén Cabañas.

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