Sonrisas en el bus.

Día normal, un poco cansado. Primer día de la semana. Más cansancio. Mental. Se acaba el día, debería aprovechar cada momento, hay muchas cosas por hacer. Pero antes, debo perder el tiempo, yo no decido cuánto. Espero el autobús. 
Por fin pasa. No muy lleno pero voy de pie. Aburrido, sin lugar para sentarme a escuchar música o leer. Un payaso sube, lo que faltaba. Peor aún, estoy casi frente a él. Me preparo para el típico “Es muy feo que te ignoren, ¿verdad?”. Es más horrible no traer mis audífonos. Le asiento con la cabeza tratando de sonreír a medias, es tarde y mis sonrisas sin ganas se han agotado. Y entonces empieza, chistes de todos los payasos, todos los autobuses y todos los días. No soy el único que no se ríe, eso es triste. Para empeorar la situación, el tipo es lento. Me siento tenso, quiero que baje para dejar de fingir que pongo atención o que estoy ocupado pensando en algo. Pero entonces logro ver a una chica por el reflejo de uno de los vidrios. Ella está de pie y a dos personas de mí. Ella ríe. Comienzan a hacerme un poco de gracia los chistes estúpidos que he oído miles de veces, aunque estoy seguro de que no son los chistes los que me hacen sonreír. Es ella, su sonrisa. Es bueno que por lo menos a alguien le alegre un poco el día. Y entonces los dos asientos frente a mí se desocupan. Ella se acerca y se sienta, yo lo hago a su lado. Espero a que aquel hombre que “prefiere ganarse la vida honradamente”, termine con sus discursos. Ella sigue riendo y yo sonrío un poco. Después de todo, él se ganó una moneda.

Efrén Cabañas Luna.

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